Publicado el 14 de February de 2026
Hoy, en San Valentín, me gustaría que hiciéramos un homenaje al amor en todos sus aspectos, pero especialmente al más importante: el amor hacia nosotros mismos. A veces, en la edad adulta, necesitamos sanar heridas que aún duelen, y para eso me apoyo en las cuatro moradas del amor verdadero, las Brahma Viharas. Se trata de acompañarnos con calidad, con una presencia sabia y compasiva.
Todo empieza con Maitri (la bondad amorosa). Como explica el maestro Thich Nhat Hanh, Maitri nace de la palabra amistad. Para mí, esto se traduce en mi práctica con mi mejor amiga interior. Es cultivar esa relación de ser mi propia compañera, ofreciéndome una mirada amorosa y feliz. Es el deseo de darme bienestar y paz, honrando la vida que tengo y tratándome con ese cariño y respeto fundamental que solo una verdadera amiga sabe dar.
Desde ahí, entramos en Karuna (la compasión). Para mí, la compasión es entrar en el sufrimiento esencial, ese sentimiento que aparece cuando hay silencio y escucha profunda. A menudo se manifiesta como vergüenza, como esa sensación de estar "estropeada". Practico la compasión acogiendo ese sufrimiento, tomándolo y abrazándolo con una cálida sonrisa, hasta que dejo de sentir que hay algo malo en mí.
Sigo con Mudita (la alegría empática). Es vital darnos el permiso de disfrutar y cultivar la alegría para nosotros mismos. Alegrarnos de nuestra propia felicidad, de cada acontecimiento bonito y de nuestros éxitos. La alegría es una energía de vida y de conexión que necesitamos ofrecernos.
Y finalmente, Upekkha (la ecuanimidad). Gracias al maestro Thich Nhat Hanh y a la experiencia meditativa con mi maestro Paul, comprendo que la ecuanimidad es, sobre todo, no discriminación. Es un concepto que hay que experimentar: se trata de soltar el deseo y dejar de resistirse a lo que hay.
Cuando no hay un rechazo ni una búsqueda de algo concreto que excluya lo otro, sucede algo: el cuerpo se relaja, el cuerpo se abre. Me abro a toda la realidad. Es estar como un abrazo que toma la realidad completa y deja de luchar contra ella. Así practico la ecuanimidad conmigo: acogiendo todas mis partes interiores, acogiéndolas en lugar de rechazar o ensalzar solo una parte que me gusta. Dejo de discriminarlas, simplemente me abro.